Alejandro lo entendió al fin, le dio una palmada en el hombro y no lo tomó a broma.
—Debería ser así.
Salvador le dirigió una mirada de soslayo y bromeó:
—Si me haces caso, tú tampoco deberías beber.
—¿Y eso? —Alejandro bebió un sorbo—. ¿También tengo que portarme como monje por ella?
—Ándale ya —se rió Salvador, medio insultándolo con cariño—. No te toca a ti. Lo que digo es que Alba ya está grandecita; si tú y Luciana por fin están bien, ya les toca ir por el segundo, ¿no? La familia Guzmán no