Martina despertó en la cama. No habían corrido las cortinas, pero la claridad entraba más tenue de lo normal.
—¿Ya despertaste? —llegaron pasos; era Salvador.
La casa tenía cámaras internas: él había estado trabajando en el estudio y, al verla abrir los ojos en el monitor, subió de inmediato.
—Ajá —asintió ella, incorporándose.
Salvador colocó un cojín detrás de su espalda y le peinó con los dedos el cabello.
—Quédate sentada un momento, que el cuerpo termine de arrancar antes de ponerte de pie.