Mientras Salvador terminaba de armar los raviolitos para el caldo, Martina se fue a la sala y prendió la tele. Él levantaba la vista de vez en cuando: no temía que ella se escapara, le preocupaba que se sintiera mal y no darse cuenta a tiempo.
Hasta que, en un último vistazo, ya no la vio.
—¡Marti!
Se le encogió el estómago. Corrió a la sala: nada. Subió, bajó, revisó cada cuarto. Nada.
—¡Marti!
¿De verdad se había ido? Afuera azotaba la lluvia con viento. Con ese cuerpo flaquito, ni al muelle l