Martina había dormido bien la noche anterior: antes de las ocho ya se había quedado profundamente dormida. Por eso despertó al amanecer, despejada, con el cuerpo liviano. Cuando llegó al descanso de la escalera, sonó el timbre.
La empleada de planta corrió a abrir. Era Teresa Ramírez, recién incorporada a la casa para cuidarla; en la familia Hernández siempre habían tenido ayuda por horas, nunca alguien que se quedara.
—¿A quién busca? —preguntó Teresa.
—Déjame, Teresa, yo veo —dijo Martina, pen