En realidad, Martina estaba peor.
Salvador miró cómo lloraba, entre hipidos y sin aire, sin entender del todo.
—¿Por qué lloras?
—¿Es por lo que dije? Pero esto lo hiciste tú. Yo solo estoy diciendo la verdad.
Cuanto más hablaba él, más imposible le era a Martina contener el llanto.
En un arranque desquiciado, Salvador le tomó la cara entre las manos y la obligó a mirarlo.
—Dime por qué lloras, ¿eh?
Martina ya ni podía hablar.
—¿Por qué no dices nada? —la mirada de Salvador se fue helando, poco