Salvador y Martina habían terminado; él mismo lo dijo en voz alta.
Aun así, el chef que había contratado seguía llegando puntual cada día.
Luciana ya había hablado con él. Cuando el cocinero se enteró de que la relación de su empleador con la paciente “se había roto”, se puso nervioso.
—¿Entonces… sigo cocinando? El señor Morán no me avisó nada —preguntó.
—Mira —Luciana ya lo tenía resuelto—, cocinas muy bien. Si tú quieres, nosotras seguimos contratándote. Lo que te pague Salvador, te lo pagamo