Pero Salvador todavía se aferraba a una última esperanza.
O quizá se obligaba a aferrarse a ella.
—Marti.
Con la mirada baja, murmuró:
—Dime que nuestro bebé… que todavía está en tu vientre, ¿sí?
Martina abrió la boca, pero no logró pronunciar palabra. Al instante se le enrojecieron los ojos; apretó los labios, conteniéndose para no llorar.
—Habla.
Salvador dio dos pasos, le sujetó los hombros con brusquedad y estalló:
—¡Martina! ¡Mírame! ¡A mí! ¡Dime que está bien! ¡Que no nos dejó! ¡Que su mam