Martina se dio cuenta entonces: no venía con las manos vacías. Traía una montaña de cosas, bolsas y cajas de todos tamaños.
—Pasa ya —apremió Salvador—. En la entrada corre aire; te vas a enfriar.
—Ok.
Martina entró, cruzada de brazos, y lo vio ir y venir varias veces hasta meterlo todo.
La miró.
—¿Tienes tijeras o un cúter?
—Sí.
Martina asintió y fue a buscarlos.
—No te muevas —la detuvo—. Dime dónde y yo lo tomo.
Ella parpadeó y señaló:
—En el recibidor. Abres el mueble y está colgado en el pa