—¿A la defensiva… conmigo? —Salvador frunció el entrecejo, el rostro serio—. Marti, soy Salva. ¡Mírame!
Martina parpadeó, como si algo reaccionara dentro de ella, pero seguía ida.
—¿Salva…?
El susto le cruzó la espalda a Salvador como un hilo de agua helada. Encendió la luz principal.
—¡Ah! —Martina cerró los ojos por el golpe de claridad.
—Marti —le sostuvo los hombros—, ábrelos y mírame. ¿Qué te pasa? ¿No me reconoces?
¿Cómo iba a ser posible? ¿Quién despierta de una siesta sin recordar a su p