—De acuerdo.
Martina aceptó.
A Salvador se le apretó el pecho; la abrazó más fuerte.
—Marti… gracias. Gracias por esto.
—No —sonrió, negando con la cabeza.
Decir “gracias” por un tema así entre esposos era, en el fondo, triste. ¿Pero qué podía hacer? No tenía el valor de pedir el divorcio; la vida, de todos modos, seguía. Para vivir con un poco de paz, a veces solo quedaba “cerrar un ojo”.
***
Martina empezó a sospechar que algo en su cuerpo no estaba bien. Al principio fue “como que no engordo