—Sí. —Luciana también lo sentía así—. Por mucho que quieran recuperar el control de la familia, no van a sacrificar a Marisela.
Eso ya no es solo egoísmo y maldad; es una locura.
—Ale… —le apretó la mano—. Vete conmigo. No puedes seguir escondido aquí. Si no hiciste nada, la policía no va a poder cargarte una culpa que no es tuya.
Además, está Enzo.
—Luci. —Alejandro no lo veía tan simple. Lanzó una mirada a Juan—. Hace rato preguntaste por Simon… ¿no?
—Sí… —asintió. Cierto, casi lo olvidaba—. ¿