—¿Te interesa tanto mi pasado? —Salvador curvó apenas la boca.
—La verdad, no —Martina ya se arrepentía; “¿para qué dije eso?”—. Lo solté sin pensar. No tienes que poner esa cara.
¿“Poner cara”? A él le hizo gracia, pero no iba a discutir. Sabía la regla de oro del casado: si quieres paz en casa, primero la esposa.
—Marti, no hablemos del pasado, ¿sí? —le masajeó el cuero cabelludo con suavidad—. Eres mi esposa; el futuro lo caminamos juntos.
Martina torció la boca, cerró los ojos.
—Ráscame a la