La diferencia entre ellos se notaba. No era para llamarlos “la bella y la bestia”, pero, al lado de Salvador, Martina parecía una flor blanca, limpia y discreta. Dondequiera que pasaban, las miradas mezclaban admiración y celos. Salvador, imperturbable; Martina, menos desenvuelta, bajó del ferry con las mejillas aún encendidas.
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Se habían acostado tarde y, por acompañar a los mayores en el desayuno, madrugaron. Al llegar a Isla Minia, se instalaron en la villa de la familia Morán y, de común