Salvador ni le dio tiempo de reaccionar: alzó el brazo para rematarlo.
—¡Salva! —Martina se asustó—. ¿Qué haces? ¿Por qué le pegas?
—¡Te acosó! —la miró con una oscuridad cerrada en los ojos, negra, sin una hebra de luz.
A Martina se le apretó el pecho.
—No fue… —alcanzó a decir.
—¿No? —señaló la copa—. ¿Y ese trago? ¿Para qué te lo dio?
—Cof, cof… —el muchacho, ya arrepentido, intentó explicarse—. Señor, pensé que su esposa estaba sola. La copa era para disculparme…
—¡Cállate!
Salvador tensó to