—Abuelo…
Miguel no vino a ponerla entre la espada y la pared.
—Sé que tienes tus propias razones. No vengo a pedirte que vuelvas con Alejandro… —se detuvo, como si le costara decir lo que seguía—. Solo quiero pedirte que, si algún día se topa con algo que lo rebase, que no pueda con ello, vayas a verlo.
—¿Qué…? —a Luciana se le apretó el pecho—. ¿A Ale le pasó algo?
Miguel leyó su inquietud y le sonrió, satisfecho.
—Tranquila, buena niña, Ale está bien. No le pasa nada ahora. —Hizo una pausa—. D