—Llama a Salvador —le dijo Vicente cuando el auto ya avanzaba.
—Ajá. —Martina asintió y buscó el teléfono—. ¿Dónde está? ¿Se me perdió?
—¿No estará en tu bolsa? —él señaló el bolso a su lado.
—¡Cierto! —rió, atolondrada—. Ya ni me acordaba.
Estiró la mano y se ladeó más de la cuenta.
—¡Cuidado!
Vicente la sostuvo del brazo; de no hacerlo, ya estaría en el piso del coche.
—Estoy bien… —musitó.
—Siéntate derecha. —Con una mano la afirmó y con la otra abrió el bolso, encontró el teléfono y se lo pa