—¿Señora Hernández? —Luciana no había esperado verla llorar así; de inmediato le acercó un pañuelo desechable—. ¿Se encuentra bien?
—Mm… —Lucy asintió, con la voz hecha nudo—. Estoy bien.
“¿Por qué llora tanto? ¿De veras cualquiera se conmovería así con mi historia?”, pensó Luciana, con una oleada de dudas agitándole el pecho.
—Perdón —Lucy se secó a prisa—. Qué pena. Solo… me ganó el momento. Tú y tu hermano son niños buenos, raros en el mejor sentido: sin papás y, aun así, salieron tan bien.
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