Apenas Alejandro terminó la frase, le sostuvo el rostro con ambas manos y se inclinó para besarla.
Luciana cerró los ojos y se dejó besar.
Era un beso nacido de la misma emoción, llamado a ser dulce y perfecto… pero llegaba a destiempo.
En segundos, las palmas de Alejandro se humedecieron: eran las lágrimas de Luciana.
Él no estaba mejor; las lágrimas de los dos se mezclaron, impotentes y tristes.
—Tonta… —sus dedos secaron las gotas de sus mejillas—. ¿Por qué lloras?
—El tonto eres tú —sollozó