Capítulo 1149
Apenas Alejandro terminó la frase, le sostuvo el rostro con ambas manos y se inclinó para besarla.

Luciana cerró los ojos y se dejó besar.

Era un beso nacido de la misma emoción, llamado a ser dulce y perfecto… pero llegaba a destiempo.

En segundos, las palmas de Alejandro se humedecieron: eran las lágrimas de Luciana.

Él no estaba mejor; las lágrimas de los dos se mezclaron, impotentes y tristes.

—Tonta… —sus dedos secaron las gotas de sus mejillas—. ¿Por qué lloras?

—El tonto eres tú —sollozó
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