—Recuerdo que aquel día estaba lloviendo. Ella me gritó: «¡Oye! ¡Está lloviendo! ¿Por qué no entras? ¡Así te vas a enfermar!».
—Yo andaba de pésimo humor y no le contesté, pero no me dejó ahí plantado; se trepó la barda, llegó hasta mí y empujó mi silla bajo el alero…
Uno a uno, los recuerdos se fueron desprendiendo de sus labios.
Desde la primera frase la expresión de Luciana cambió.
A medida que lo escuchaba, primero se le enrojecieron los ojos, luego se le humedecieron las pestañas y, sin dar