Cuando Salvador llegó, la vio subir una caja junto a un compañero. Al colocarla, no reparó en la zanja de desagüe y metió un pie hasta el tobillo.
—¡Ay! —se quejó.
El colega le aconsejó:
—Vacía el agua de los zapatos; con sandalias no podrás cargar nada.
—Tienes razón.
Martina levantó la pierna y, al girarse, vio a Salvador bajo un paraguas. Se quedó boquiabierta.
—¿Cómo diste conmigo? No te dije que estaba en el almacén.
—Tengo boca; sé preguntar —replicó él, molesto al verla empapada.
En dos z