Grité de frustración. ¡Odiaba a Mikhail! Pero no podía sacármelo de la cabeza. El bastardo está bajo mi piel y, aunque lo odie, no puedo dejar de pensar en él y en todo lo que hicimos ayer. Amaba su polla y la forma en que sabía usarla, pero lo odiaba a él.
El seguro de la puerta sonó y entonces ésta se abrió. Mikhail entró con un par de hombres. Lo fulminé con la mirada. Ambos tipos se acercaron a mí; uno de ellos me sacó de la cama con agresividad. Yo lo empujé lejos. El otro me agarró del br