Cuando saliera de este lugar, preferiblemente con mis extremidades completas, iría a un psiquiatra. No era normal que me calentara tanto cabrear a este hombre. Los dedos de Mikhail subían y bajaban por mi columna. Yo me removí un poco y él se detuvo.
— Eres demasiado tóxico, deberías cambiar — le dije, y levanté la cabeza para verlo. Él me miraba con el ceño fruncido.
— ¿Y qué se supone que tengo que cambiar? — me preguntó, mientras hacía círculos en mi hombro.
— Todo, eres peor que Chernobyl —