Gregory descansaba en la cama del hospital, con el sonido de los monitores de fondo y el aroma a desinfectante impregnando el ambiente.
A pesar del dolor en su estómago, intentaba mantenerse sereno, especialmente por Ana y los niños. Sin embargo, su tranquilidad se vio interrumpida cuando la puerta se abrió de golpe.
—¡Buenos dias! ¡Señor Samaniego! —exclama un oficial de policía al entrar —. Tenemos noticias sobre Marcos.
Gregory se endereza con esfuerzo, sintiendo un latido de ansiedad recorr