Marcos cerró el maletín con un chasquido seco y lo dejó sobre la mesa del desvencijado motel donde se hospedaban.
Laura, con el cabello revuelto y los ojos hinchados por el sueño, se incorporó en la cama y lo miró con incredulidad.
—Dime que no hiciste nada estúpido con esa arma —susurra, con su voz temblorosa.
Marcos esboza una sonrisa torcida y se sirve un vaso de whisky de la botella barata que había comprado antes de regresar.
—Depende de a quién le preguntes, amor mío —responde con desdén.