La oficina de la doctora Patricia Méndez estaba diseñada para no ser intimidante: paredes color crema, iluminación suave, sillones cómodos en lugar de sillas rígidas. Pero Cassandra sabía que era ilusión cuidadosamente construida. Cada detalle —la caja de pañuelos estratégicamente colocada, el reloj analógico silencioso en la pared, incluso la temperatura ambiente precisamente calibrada— era herramienta de evaluación.
La doctora Méndez era mujer de cincuenta y tantos con cabello gris recogido e