Mundo ficciónIniciar sesión
—Si hubiera llegado diez minutos antes, quizá mi abuelo no habría muerto solo.
Me lo repetí en silencio por tercera vez mientras el sacerdote murmuraba palabras que el viento del norte se llevaba antes de que yo pudiera procesarlas. El cementerio de Cárdenas olía igual que siempre: a tierra húmeda, a flores marchitas y a ese particular silencio de provincia que pesa sobre los hombros como una deuda antigua. Diez años. Diez años sin pisar este suelo, y el suelo me lo cobraba todo de una vez.
Me mantuve erguida. Era lo único que podía ofrecerle al pueblo que me había visto crecer y al que nunca volví: mi postura, mi compostura, la máscara perfecta de una mujer que tiene todo bajo control. Debajo de esa máscara, sin embargo, algo se apretaba con una ferocidad que me costaba ignorar. Una culpa con dientes. Una pena sin nombre preciso.
Mi abuela Consuelo lloraba en silencio a mi izquierda, pequeña y encorvada dentro de su vestido negro, como si el dolor la estuviera encogiendo en tiempo real. Yo quise tomarle la mano. No lo hice. Tenía miedo de que, si la tocaba, ella sintiera lo que yo llevaba dentro: la vergüenza de haber llegado tarde, la vergüenza de haber llegado apenas.
Las condolencias llegaron en oleadas. Voces conocidas y casi olvidadas, rostros que el tiempo había retocado con arrugas y canas, apretones de mano que duraban un segundo más de lo necesario. *Lo sentimos mucho, Renata. Don Ernesto era un gran hombre. Qué pena que hayas llegado tan lejos, qué pena que la vida te tenga tan ocupada.* Nadie lo decía con esas palabras exactas, pero yo lo escuchaba igual, traducido en cada mirada que se demoraba sobre mí con una mezcla de simpatía y reproche.
Fue entonces, mientras asentía ante algún comentario que no escuché, cuando lo noté.
Al otro lado del ataúd, discreto como si intentara no ocupar espacio, un hombre sostenía levemente el lateral del cajón con una mano. No era un gesto ostentoso ni calculado para ser visto. Era, más bien, el gesto de alguien que lo hacía por instinto, por costumbre, porque ya lo había hecho antes. Un hombre alto, de hombros anchos bajo una camisa oscura, con el cabello castaño ligeramente desordenado por el viento. Sus ojos estaban fijos en el suelo frente a él, no en mí, no en nadie en particular.
Tardé tres segundos en reconocerlo.
Tres segundos que se sintieron como una caída lenta.
*Mateo Villanueva.*
El apellido me golpeó en el pecho con la precisión de algo que uno lleva guardado mucho tiempo sin saber que todavía duele. Crecí escuchándolo pronunciado de cierta manera en mi casa: con un tono específico, tenso, que no era exactamente odio pero se le parecía demasiado. Los Villanueva compraban lo que los Soto no podían defender. Los Villanueva llegaban después de que uno se cansaba de luchar y recogían lo que quedaba. Eso me enseñaron. Eso aprendí.
Y ahí estaba él. En el funeral de mi abuelo.
Esperé a que me mirara. Era lo menos que podía hacer: mirarme, reconocer la incomodidad de su presencia, ofrecerme alguna explicación con los ojos aunque no la pidiera con palabras. Pero Mateo Villanueva no me miró. Mantuvo la vista baja, los labios apretados en una línea seria, y siguió sosteniendo ese ataúd con la misma quietud de quien no necesita que nadie lo vea para seguir haciendo lo que hace.
Eso, por alguna razón que no supe explicarme en ese momento, me molestó más que cualquier otra cosa.
Después del entierro, mientras mi abuela recibía visitas en la sala de la casa familiar, me acerqué a doña Petra, la vecina que había cuidado a mi abuelo en sus últimos meses. Le pregunté sin rodeos, con esa brusquedad que la ciudad me había pegado sin que yo me diera cuenta.
—¿Qué hace Villanueva aquí?
Doña Petra me miró con una expresión extraña, entre la sorpresa y algo que se parecía a la compasión.
—Llevaba meses viniendo, Renata. Ayudaba a don Ernesto con la hacienda, con los trámites, con lo que se necesitara. Tu abuelo lo apreciaba mucho.
Me quedé quieta. Procesé esas palabras con la misma lentitud con que se procesa algo que contradice todo lo que uno creía saber.
—¿Y por qué haría eso? —pregunté, aunque ya estaba construyendo la respuesta sola, ladrillo por ladrillo, con la argamasa de la desconfianza. *Quiere algo. Quiere la hacienda. Quiere lo que siempre han querido.*
Doña Petra no respondió. Solo me miró con esa paciencia de pueblo que a mí siempre me había resultado insoportable.
La lectura del testamento ocurrió en el despacho del abogado Fuentes, una hora más tarde, en una sala que olía a papel viejo y a barniz de madera. Mi abuela se sentó a mi lado con las manos cruzadas sobre su regazo, y yo tomé el suyo entre los míos sin pensar. Esta vez sí lo hice.
El licenciado Fuentes leyó con voz pausada, casi ceremonial, como si cada palabra fuera un ladrillo colocado con intención. La hacienda me correspondía. El nombre de mi abuelo, sus tierras, el lugar donde aprendí a montar y a perder y a levantarme: todo era mío.
Pero.
Siempre hay un pero cuando la vida quiere ponerte a prueba.
Para conservar la herencia debía permanecer en Cárdenas durante un periodo no menor a doce meses continuos. Y debía contraer matrimonio con una persona que tuviera vínculos documentados con el municipio.
El silencio que siguió fue tan espeso que casi se podía tocar.
*Lo que estás escuchando no puede ser real.* Lo pensé con una claridad helada, mientras el licenciado Fuentes me miraba por encima de sus lentes con la expresión de alguien que ya ha visto esta reacción antes y sabe que viene algo más.
Me puse de pie. No lo planeé. Simplemente me encontré de pie, con la sangre latiéndome en las sienes y algo que era mitad rabia y mitad dolor apretándome la garganta desde adentro.
—Prefiero perderlo todo.
Lo dije con la voz más firme que pude, aunque por dentro todo temblaba.
Entonces, detrás de mí, una voz.
Baja. Tranquila. Con el peso específico de alguien que ha pensado lo que va a decir antes de decirlo.
—Tal vez no tengas que hacerlo.
Me volteé despacio.
Mateo Villanueva estaba de pie junto a la puerta, con los brazos a los costados y los ojos clavados en los míos. No había triunfo en su mirada. No había urgencia. Solo esa quietud que ya me había irritado en el cementerio, y que ahora, por alguna razón que no quería examinar demasiado de cerca, me resultaba todavía más difícil de ignorar.







