Mundo ficciónIniciar sesión—Cásate conmigo durante un año.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire de aquella oficina pequeña y cargada de polvo, donde el ventilador de escritorio apenas conseguía mover los papeles del licenciado Fuentes sin refrescar nada. Me volví lentamente hacia el hombre que las había pronunciado, convencida de que había escuchado mal, de que el cansancio acumulado de dos días sin dormir bien me estaba jugando una mala pasada.
Mateo Villanueva me sostuvo la mirada sin parpadear.
No había nerviosismo en su expresión, ninguna vacilación en la comisura de sus labios, ninguna de las señales que uno esperaría en alguien que acaba de hacer una propuesta absurda a una mujer a quien apenas conoce. Solo aquellos ojos oscuros, quietos como el agua profunda de un pozo, mirándome con una calma que me resultó inmediatamente insoportable.
—Disculpe —intervino el licenciado Fuentes, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz—, quizá debería explicarle el contexto completo de la cláusula antes de que...
—Ya entendí la cláusula —lo interrumpí, aunque no era del todo cierto.
Lo que había entendido era suficiente para que el piso pareciera inclinarse ligeramente bajo mis pies: la hacienda, la última propiedad que le quedaba a mi familia en Cárdenas, solo podía transferirse a mi nombre de manera definitiva si yo permanecía en el municipio durante doce meses continuos y contraía matrimonio con alguien con vínculos documentados en la región. Mi abuelo, en su infinita sabiduría de hombre del siglo pasado, había redactado aquello con la misma convicción con que plantaba maíz: convencido de que estaba haciendo lo correcto.
Me obligué a respirar despacio antes de volver a mirar a Villanueva.
—¿Cuánto tiempo lleva usted enterado de esta cláusula? —pregunté, y noté cómo mi propia voz salía más fría de lo que pretendía.
—Tres semanas —respondió él, sin rodeos.
—Tres semanas. —Repetí el número en voz alta para que sonara a lo que era: una acusación—. Y eligió el día del funeral de mi abuelo para acercarse a hablarme de esto.
—Elegí el único momento en que usted estaba en Cárdenas.
Algo en la lógica sencilla de esa respuesta me irritó más que cualquier argumento elaborado habría podido hacerlo. Me puse de pie, porque necesitaba mover el cuerpo para no decir algo que después lamentara, y caminé hasta la única ventana de la oficina. Afuera, la calle principal de Cárdenas continuaba con su ritmo de pueblo que no sabe que el mundo ha cambiado: una camioneta vieja, dos señoras cruzando con bolsas del mercado, una bicicleta oxidada recargada contra el muro de la ferretería.
—Es usted un oportunista —dije, sin volverme.
—Si quisiera aprovecharme de ti, habría elegido otro momento que el funeral de tu abuelo.
El tuteo me tomó por sorpresa. También la firmeza sin aspereza con que lo dijo, como quien establece un hecho y no le interesa discutirlo. Me volví despacio.
—¿Y qué gana usted con esto? —pregunté, estudiando su rostro en busca de alguna grieta en aquella compostura que empezaba a parecerme casi ofensiva—. Porque no me creo que un Villanueva haga favores sin calcular el retorno.
Por primera vez, algo se movió en su expresión. No fue exactamente incomodidad, sino algo más parecido al reconocimiento de una herida antigua que ya no sangra pero que todavía duele al tacto.
—Tengo personas que dependen de mí —dijo finalmente—. La estabilidad que representa un matrimonio, aunque sea temporal, me permite resolver ciertos asuntos sin que nadie cuestione mis decisiones. No te pido que lo entiendas ahora. Solo te pido que lo consideres.
El licenciado Fuentes aprovechó el silencio para aclarar su garganta con delicadeza y recordarnos que la cláusula tenía un plazo de aceptación de treinta días, que nadie estaba obligado a nada esa misma tarde, y que quizá lo más sensato era que ambas partes se tomaran el tiempo necesario para reflexionar. Asentí sin escucharlo del todo, recogí mi bolso del respaldo de la silla y salí a la calle antes de que el aire viciado de aquella oficina terminara de asfixiarme.
La tarde caía sobre Cárdenas con esa luz dorada y polvorosa que solo tienen los pueblos del interior cuando el verano empieza a apretar. Caminé hasta la hacienda a pie, porque necesitaba el tiempo y el aire, y porque el taxi que me había traído por la mañana ya no estaba. La propiedad quedaba a veinte minutos del centro si uno tomaba el camino de tierra que bordeaba los sembradíos, y yo lo tomé aunque mis zapatos no eran los indicados para eso.
La hacienda me recibió igual que siempre y peor que nunca: con el portón de madera que crujía al empujarlo, con el olor a cal vieja y a jazmín silvestre mezclados de una manera que solo existe en los lugares donde uno fue niño, con las grietas en la fachada que ahora eran más profundas que en mi último recuerdo. Me detuve en el patio central, mirando la higuera que mi abuelo plantó el año en que nací, y sentí que algo dentro de mí se apretaba con una fuerza que no esperaba.
No tenía dinero suficiente para restaurarla. No tenía intenciones reales de quedarse. Y sin embargo, la idea de venderla a alguien que la convertiría en otra cosa, en un hotel de fin de semana o en un fraccionamiento de casas idénticas, se me instaló en el pecho como una piedra que no se podía respirar.
Esa noche encontré la carta debajo del reloj de mesa que siempre estuvo en el cuarto de mi abuelo, dentro de un sobre con mi nombre escrito con su letra apretada y temblorosa de los últimos años. La abrí sentada en el borde de su cama, con el olor a tabaco y a madera vieja impregnado en la cobija doblada a mis pies.
*Hay personas que parecen equivocadas hasta que aprendes a mirarlas sin orgullo.*
Solo eso. Una línea. Como si hubiera sabido que yo llegaría a ese cuarto con el orgullo todavía caliente y la mente todavía cerrada.
Doblé el papel con cuidado y lo guardé en el bolsillo de mi chamarra. Luego permanecí un momento escuchando el silencio de la casa, ese silencio particular de los lugares habitados por una sola ausencia.
Entonces lo escuché.
Un golpe seco. Después otro. Y el sonido inconfundible del agua corriendo donde no debía correr.
Bajé las escaleras despacio, siguiendo el ruido hasta la cocina, donde la luz del foco parpadeaba sobre las baldosas mojadas y sobre la figura de un hombre arrodillado junto a la alacena, con una llave inglesa en la mano y el tubo de la toma secundaria completamente desenroscado.
Mateo Villanueva levantó la vista hacia mí sin sorpresa, como si hubiera estado esperando que yo apareciera, como si reparar las fugas de una casa que no era suya fuera la cosa más natural del mundo.
—Hay una fuga en la toma principal también —dijo, antes de que yo pudiera abrir la boca—. Si no la atajan esta noche, mañana tendrás el piso del comedor bajo el agua.







