Mundo ficciónIniciar sesiónMateo Villanueva estaba empapado arreglando una tubería mientras yo intentaba odiarlo.
Lo observé desde el umbral de la cocina sin que él lo notara, o al menos sin que diera señales de haberlo hecho. Estaba tendido sobre las baldosas frías del patio trasero, con la mitad del cuerpo metido debajo del lavadero de piedra que mi abuelo había instalado décadas atrás. Su camisa blanca, que en algún momento de la mañana debió haber sido presentable, estaba ahora pegada a su espalda por el agua y el esfuerzo. Trabajaba con una concentración tranquila, sin maldecir, sin apresurarse, como si arreglar la tubería rota de una casa que no era suya fuera la cosa más natural del mundo.
*¿Qué hace aquí todavía?*
Me recargué contra el marco de la puerta y crucé los brazos, buscando dentro de mí la irritación que debería haber sentido con facilidad. Ayer me había propuesto matrimonio con la misma naturalidad con que uno pide la sal en la mesa. Hoy estaba acostado en el suelo de la hacienda Soto, reparando una fuga de agua que yo ni siquiera sabía que existía.
—Ya sé que estás ahí —dijo sin moverse—. Llevas cinco minutos respirando fuerte.
—Yo no respiro fuerte.
—Renata, respiras como si el aire te hubiera ofendido personalmente.
No respondí. Él salió de debajo del lavadero con movimientos lentos y deliberados, se incorporó y se limpió las manos con un trapo que sacó del bolsillo trasero de su pantalón. Tenía una mancha oscura de grasa en la mejilla derecha y el cabello mojado aplastado sobre la frente. No hizo ningún esfuerzo por arreglarse.
—La tubería tenía tres años de corrosión acumulada —dijo, mirando el lavadero con una expresión que no era orgullo, sino algo más parecido a la satisfacción discreta de alguien que resuelve un problema porque no puede dejarlo sin resolver—. Si no la hubieras atendido esta semana, para el mes siguiente habrías tenido el patio convertido en un pantano.
—¿Cómo sabías que estaba dañada?
Hubo una pausa breve antes de que respondiera.
—Porque venía a revisarla cada dos meses. Tu abuelo me lo pedía.
El calor de la tarde se asentó entre nosotros con un peso diferente. Me quedé mirándolo, buscando en su rostro alguna señal de que estaba exagerando, de que estaba construyendo una imagen conveniente para sus propios intereses. Pero sus ojos oscuros sostenían los míos con una paciencia que me resultaba, de alguna manera que no supe nombrar, más difícil de soportar que la hostilidad.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo eso?
—Desde que a don Aurelio le fallaron las rodillas. Hace cuatro años, más o menos.
Cuatro años. Mientras yo construía mi vida en la ciudad, convenciéndome de que la distancia era madurez y no abandono, este hombre —el hijo del enemigo de mi familia, según todas las historias que me habían contado— venía a revisar las tuberías de mi abuelo.
No dije nada. No encontré nada que decir.
Mateo entró a la cocina sin pedirme permiso, pero tampoco con arrogancia. Lo hizo con la familiaridad silenciosa de alguien que conoce dónde está cada cosa. Abrió el cajón correcto a la primera, sacó el filtro del café, lo llenó con una medida exacta que claramente ya había calculado antes, y puso la cafetera en la hornilla con el fuego en su punto justo.
—¿Lo sabías de memoria? —pregunté desde la puerta, sin entrar todavía.
—¿El qué?
—Cuánto café le gustaba a mi abuelo.
Mateo no respondió de inmediato. Acomodó las tazas sobre la mesa, las mismas tazas de barro que yo recordaba de la infancia, y luego se volvió hacia mí con una expresión que no era lástima, pero que tampoco era indiferencia.
—Le gustaba cargado y sin azúcar. Decía que el café dulce era para gente que no había tenido problemas reales.
Algo se apretó en mi pecho con una fuerza inesperada. Reconocí la frase. Era completamente de mi abuelo.
Salí al pueblo a media tarde, en parte porque necesitaba comprar analgésicos para el dolor de cabeza que llevaba instalado entre mis sienes desde la mañana, y en parte porque necesitaba aire que no tuviera el olor de aquella cocina, del café recién hecho y de la presencia de un hombre que sabía demasiado sobre una casa que yo había abandonado.
La farmacia de Cárdenas olía igual que siempre: a alcohol, a jabón de lavanda y a ese tiempo detenido que tienen los pueblos pequeños. La señora Graciela me reconoció antes de que yo llegara al mostrador.
—Renata Soto, qué bueno que estás aquí —dijo, y en su voz había una calidez que rozaba la compasión—. Tu abuelo era un hombre muy bueno. Muy solo al final, pobrecito. Menos mal que ya no le falta nadie que lo cuide.
Pagué los analgésicos sin responder.
Afuera, en la acera de la plaza, dos mujeres que reconocí vagamente de la secundaria hablaban en voz apenas más baja de lo necesario.
—Seguro terminó aceptando ayuda porque ya no le queda nadie. ¿Qué más puede hacer?
El sol de la tarde me cayó en los hombros como una reprimenda. Guardé el cambio en mi bolsillo y crucé la plaza con pasos que procuré mantener uniformes, sin prisa ni tropiezo, porque en Cárdenas la gente siempre había sabido leer el cuerpo de los demás mejor que sus propias palabras.
Los encontré todavía en la cocina cuando regresé. Él estaba recogiendo sus herramientas, y sobre la mesa había dejado dos pastillas de paracetamol junto a un vaso de agua.
Me detuve.
—¿Cómo sabías que me dolía la cabeza?
—Llevas cuatro horas frunciendo el ceño de la misma manera.
Lo miré durante un momento que se estiró más de lo que yo habría querido. Luego tomé las pastillas, bebí el agua, y dejé el vaso vacío sobre la mesa con más cuidado del que la situación requería.
—¿Mi abuelo quería que me casara contigo?
El silencio que siguió no fue el de alguien que no sabe qué responder. Fue el de alguien que está eligiendo con cuidado cómo decir lo que ya sabe.
—Tu abuelo quería que dejaras de huir.
Las palabras no fueron crueles. Eso fue lo peor. Habrían sido más fáciles de rechazar si hubieran venido cargadas de acusación, de juicio, de alguna superioridad que yo pudiera devolver con intereses. Pero Mateo las dijo con la misma voz tranquila con que había hablado todo el día, y por eso se me clavaron de una manera distinta, en un lugar donde no llegaban los argumentos.
Salió sin esperar respuesta.
Sobre la mesa, debajo del vaso vacío, había un sobre manila doblado en dos. Lo abrí con dedos que no me temblaron, aunque quizá debieron haberlo hecho.
Era el borrador del contrato matrimonial.
Ya firmado por él.







