4

Renata leyó el contrato tres veces antes de aceptar que no encontraba ninguna trampa.

Lo revisó con la misma meticulosidad con la que revisaba los contratos de arrendamiento en la ciudad, buscando la cláusula pequeña, la letra apretada, el párrafo que lo cambia todo cuando ya no hay vuelta atrás. Pero el documento que descansaba sobre la mesa de madera oscura del comedor era desconcertantemente limpio. Dos hojas. Cuatro condiciones numeradas. Una firma al pie.

La tarde había entrado de lleno en la hacienda, dorando las paredes de adobe con esa luz anaranjada y cansada que solo existe en los pueblos donde el tiempo avanza más despacio. Desde algún lugar del patio llegaba el sonido intermitente de una llave de tuercas contra el metal, porque Mateo Villanueva, al parecer, era incapaz de estar quieto.

Leí las condiciones por cuarta vez.

*Uno: dormitorios separados, sin excepción ni negociación posterior.*

*Dos: libertad total de movimiento y de vida privada para ambas partes.*

*Tres: ninguna obligación de naturaleza íntima, afectiva o conyugal más allá de lo estrictamente necesario para sostener la apariencia pública del acuerdo.*

*Cuatro: disolución automática del vínculo al cumplirse doce meses calendario desde la fecha de la firma.*

Hasta ahí, todo tenía una lógica casi quirúrgica. Fría. Manejable. El tipo de acuerdo que uno puede sostener sin que le cueste nada que importe de verdad.

Entonces llegaba la cláusula cinco.

*Las partes se comprometen a compartir al menos una comida diaria dentro del domicilio conyugal, con el propósito de mantener una convivencia mínima que resulte creíble ante la comunidad.*

La releí dos veces más, como si las palabras pudieran reorganizarse en algo que tuviera menos peso del que tenían.

—¿Esto es en serio? —pregunté en voz alta, sin levantar la mirada del papel.

Mateo apareció en el umbral del comedor con las manos todavía manchadas de grasa y una expresión que no era exactamente una sonrisa, pero que tampoco era su ceño habitual. Algo intermedio. Algo que, de haberlo visto en otra persona, yo habría llamado paciencia.

—Es la única condición que no es negociable —dijo, y se apoyó en el marco de la puerta con una calma que resultaba ligeramente irritante.

—Comer juntos no tiene nada que ver con que el municipio nos crea casados.

—No. Tiene que ver con otra cosa.

Lo miré entonces, esperando que continuara. Él tardó un momento, como si estuviera eligiendo las palabras con el mismo cuidado con que elegía las herramientas del cobertizo.

—Mi madre decía que las personas dejan de odiarse cuando comparten mesa.

El silencio que siguió era de los que pesan. Afuera, el viento movía las ramas del mezquite viejo del patio, y la luz seguía cambiando, volviéndose más roja, más definitiva, como si el día también estuviera firmando algo antes de irse.

—Tu madre no me conocía —respondí, finalmente.

—No. Pero tenía razón de todas formas.

Me levanté de la silla con el contrato en la mano y caminé hasta la ventana que daba al jardín descuidado. Las bugambilias habían crecido sin control durante años, trepando por la barda de piedra con una terquedad que me resultó, por alguna razón, completamente familiar. Mi abuelo las había plantado cuando yo tenía cinco años. Nadie las había podado desde entonces.

—Si acepto esto —dije, sin volverme—, quiero que quede claro que la cocina es mía los martes y los jueves.

—La cocina es de los dos todos los días.

—Mateo.

—Renata.

Me volví. Él seguía en el umbral, con los brazos cruzados ahora, y había algo en su postura que mezclaba la firmeza con una especie de cansancio honesto, como el de alguien que lleva demasiado tiempo sosteniendo cosas sin que nadie se lo haya pedido formalmente.

—Los martes y los jueves cocino yo —repetí, más despacio—. El resto de la semana, nos turnamos o comemos lo que haya. Pero esos dos días son míos y no quiero que nadie reorganice mis sartenes.

Un silencio breve. Luego algo que sí era una sonrisa, aunque pequeña y casi involuntaria, cruzó su rostro antes de que él pudiera evitarlo.

—Aceptado —dijo.

—Y el baño del pasillo es exclusivamente mío entre las siete y las ocho de la mañana.

—Uso el del cuarto de servicio.

—¿Desde cuándo?

—Desde que llegaste y dejaste tres frascos en el lavamanos del pasillo.

Abrí la boca para responder y luego la cerré, porque no tenía un argumento razonable contra eso. Los frascos estaban ahí. Era un hecho.

Volví a la mesa. Tomé el bolígrafo que descansaba junto al documento, que era un bolígrafo azul común con el logo desgastado de una ferretería de Cárdenas, y lo sostuve sobre la línea de la firma durante un momento que se extendió más de lo que yo hubiera querido.

*No es por él*, me recordé. *Es por la casa. Es por el año que el abuelo me pidió sin pedirlo. Es por las bugambilias y por las paredes y por el olor a tierra mojada que ningún departamento de la ciudad ha conseguido reemplazar nunca.*

Firmé.

El bolígrafo hizo un sonido pequeño y definitivo sobre el papel. Mateo cruzó la habitación sin prisa, tomó el documento con cuidado, revisó la firma con una brevedad que no tenía nada de celebración, y lo dobló en tres partes antes de guardarlo en el bolsillo de su camisa.

—Mañana lo llevamos con el licenciado Fuentes —dijo.

—Mañana —confirmé.

No nos dimos la mano. No había nada que celebrar.

Él salió del comedor y yo me quedé sola con el peso de lo que acababa de hacer, mirando la superficie de la mesa donde el contrato ya no estaba, como si su ausencia fuera más real que su presencia. Afuera, el mezquite seguía moviéndose. Las bugambilias seguían trepando. Cárdenas seguía siendo Cárdenas, indiferente y constante, igual que siempre.

Tomé el teléfono casi sin pensar, porque el gesto era automático, porque había ciertas personas a las que una llama cuando acaba de hacer algo de lo que no está completamente segura.

El mensaje de Claudia llegó antes de que yo pudiera escribir nada.

*¿Sigues regresando el lunes?*

Observé las palabras durante un segundo. Luego escribí, despacio, con una honestidad que no había planeado:

*Creo que me acabo de comprometer con el hombre equivocado.*

Levanté la mirada.

Mateo estaba de vuelta en el umbral, con un vaso de agua en la mano y los ojos fijos en la pantalla de mi teléfono. La distancia entre nosotros era de apenas tres metros, y la luz roja de la tarde lo iluminaba de lado, haciendo que su expresión fuera imposible de leer con precisión.

Pero sus ojos sí los leí.

Y él no apartó la mirada.

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