Mundo ficciónIniciar sesiónNinguna mujer sueña con casarse mientras medio pueblo apuesta cuánto durará el matrimonio.
Lo pensé mientras me abrochaba el último botón de la blusa blanca que Soledad, la mujer que había cuidado la hacienda durante veinte años, había planchado con una devoción que yo no merecía esa mañana. No era un vestido de novia. Era una blusa de lino con bordado en el cuello, pantalón beige de corte recto, y unos aretes de plata que habían sido de mi abuela. Nada de encaje. Nada de velo. Nada que pudiera confundirse con esperanza.
El registro civil de Cárdenas olía a papel viejo y a los claveles amarillos que alguien había colocado en un florero de vidrio sobre el mostrador, con una generosidad que resultaba casi patética frente a la frialdad de los formularios apilados a su lado. Llegamos por separado, lo cual ya decía todo. Mateo estaba esperando junto a la puerta cuando bajé del taxi, con una camisa azul marino que no tenía una sola arruga y una expresión que no revelaba absolutamente nada.
—Llegas puntual —dijo, como si eso fuera un logro.
—Tengo reloj —respondí, y pasé a su lado hacia la entrada.
Dentro había exactamente cuatro personas además de nosotros: el licenciado Fuentes, que actuaba como testigo con la resignación de quien ha visto demasiadas bodas convenientes en su carrera; Soledad, que se había negado a no venir y que apretaba un pañuelo bordado entre sus dedos sin usarlo; un empleado municipal con cara de haber querido ser otra cosa en la vida; y una mujer de unos sesenta años que yo no reconocí, sentada en una silla junto a la ventana como si hubiera llegado por accidente y decidido quedarse.
La ceremonia duró diecisiete minutos. Lo sé porque miré el reloj dos veces.
El juez municipal leyó los derechos y obligaciones con la entonación monocorde de quien recita algo que ya no le produce ninguna emoción, y yo respondí en el momento indicado con una voz que sonó más firme de lo que me sentía por dentro. Mateo respondió igual. Sin titubeos. Sin el destello de duda que yo esperaba encontrar en sus ojos cuando los busqué brevemente, casi sin querer.
Firmamos.
El sello cayó sobre el papel con un golpe seco que retumbó más de lo que debería en aquella sala pequeña.
Soledad lloró en silencio. Yo decidí no hacerlo.
Afuera, la plaza principal de Cárdenas seguía con su vida habitual, completamente indiferente a lo que acababa de ocurrir en el edificio gris del registro civil. Pero Cárdenas nunca es completamente indiferente, y bastaron cinco minutos para que aparecieran las primeras miradas. Una señora con bolsas del mercado que redujo el paso. Dos hombres frente a la ferretería que interrumpieron su conversación. La hija de la señora Robledo, que sacó el teléfono con una velocidad que sugería que ya tenía el grupo de W******p listo para la noticia.
Fue entonces cuando apareció el fotógrafo. O más bien, los fotógrafos: dos muchachos con celulares y la determinación de quienes cubren un evento histórico.
—¡Una foto, por favor! ¡Para el periódico del municipio!
*El periódico del municipio*, pensé, *que tiene ciento veinte suscriptores y que mi abuelo leía cada semana sin excepción.*
Me detuve. Algo en mí quería negarme, dar media vuelta, desaparecer dentro del taxi que esperaba al final de la calle. Pero Cárdenas era pequeño, y yo necesitaba vivir en él durante doce meses sin que cada conversación comenzara con una disculpa o una explicación.
Mateo se colocó a mi lado.
Y entonces ocurrió: su mano, firme y inesperada, se posó sobre mi cintura con la naturalidad de quien ha hecho ese gesto cientos de veces, aunque yo sabía con certeza que era la primera. Sus dedos apenas rozaron la tela de mi blusa, pero el calor de ese contacto atravesó el lino como si no existiera, y algo en mi pecho se apretó de una manera que no tenía nombre todavía y que no quise examinar demasiado de cerca.
Sonreí para la foto.
Una sonrisa pequeña, controlada, del tipo que uno aprende a fabricar en reuniones de trabajo cuando todo va mal pero no puede notarse. Mateo no sonrió, pero tampoco frunció el ceño. Simplemente miró hacia adelante con esa serenidad suya que comenzaba a irritarme de una forma que no era del todo racional.
Fue en ese momento cuando escuché la voz de la mujer.
Estaba detrás de nosotros, a no más de tres metros, hablando con alguien en un tono que pretendía ser discreto y no lo era en absoluto.
—Pobre Mateo. Terminó con alguien que jamás aprenderá a quedarse.
El aire de la plaza pareció condensarse a mi alrededor. Sentí el color subiéndome al cuello, esa quemazón familiar de la vergüenza mezclada con rabia, y apretté los dientes con suficiente fuerza para mantener la sonrisa en su lugar. *No te voltees*, me dije. *No le des esa satisfacción.*
Mateo sí se volteó.
Lo hizo despacio, sin brusquedad, con la misma calma con la que hacía todo, y miró a la mujer durante exactamente dos segundos. No dijo nada. No necesitó hacerlo. Había algo en esa mirada, una quietud que pesaba más que cualquier respuesta, que hizo que la mujer desviara los ojos hacia su bolso con la repentina urgencia de buscar algo que probablemente no estaba ahí.
Luego Mateo se volvió hacia mí.
—¿Vamos? —preguntó, como si lo único que hubiera ocurrido en los últimos treinta segundos fuera que los fotógrafos habían terminado.
Asentí.
No hablamos en el trayecto de regreso a la hacienda. El sol de la tarde caía oblicuo sobre los campos de maíz que bordeaban la carretera, tiñéndolo todo de un dorado que en otras circunstancias me habría parecido hermoso, y yo me dediqué a mirar por la ventana con la concentración de quien estudia el paisaje para un examen. Pensé en la mano sobre mi cintura. Pensé en los dos segundos de esa mirada. Pensé en que Mateo Villanueva, sin decir una sola palabra, me había defendido de una manera que no había pedido y que, sin embargo, me había aliviado más de lo que estaba dispuesta a admitir.
La hacienda nos recibió con el silencio pesado del atardecer, con el olor a tierra húmeda y a las buganvilias que trepaban por el muro del patio. Soledad había dejado una luz encendida en el corredor principal. Subimos las escaleras en silencio, cada uno con su maleta, y cuando Mateo abrió la puerta del cuarto que debía ser el mío, me asomé y vi la cama.
Una sola cama, grande y perfectamente tendida con sábanas blancas, en el centro de una habitación que no tenía ningún otro lugar donde dormir.
Fruncí el ceño.
—Dime que esto es una broma.
Mateo dejó su maleta en el suelo. Me miró durante unos segundos con esa expresión imposible de descifrar que ya empezaba a conocer, y respondió con una voz completamente desprovista de ironía:
—Yo también esperaba habitaciones separadas.







