Me sentía sin aire, como si flotara en la luna, suspendida en una nada que dolía. Era una sensación en el estómago, un nudo jodidamente insoportable que me impedía respirar. Pensar también dolía. Mi cabeza era un agujero oscuro, una celda sin salida. Y él… él era mi verdugo. La única persona que podía darme vida o quitármela cuando se le antojara.
Odiaba sentirme tan pequeña, tan frágil. Odiaba todos estos sentimientos inútiles, esas emociones que solo servían para revolverme por dentro, para h