94: Una mentira te puede salvar.
Estaba desesperada, así que tomé a mi hijo en brazos y salí de esa maldita habitación. Sentía el corazón golpearme el pecho, como si quisiera advertirme que algo peor estaba por venir. Cuando iba bajando las escaleras, el sonido de unas voces me detuvo en seco. Eran Valentino y su padre. Por el tono de Fabien, podía notar que estaba furioso.
—Sabes muy bien que ella ya no es Ginevra, así que devuélvela —le dijo, con una frialdad que me heló la sangre. Pero Valentino no dijo absolutamente nada.