111: Estaremos bien.
La habitación estaba en calma. El único sonido era el suave respirar de mis hijos. Me quedé un largo rato mirándolos, repasando con la vista cada detalle: las manos diminutas, los mechones oscuros, la manera en que sus labios se movían como si soñaran. No sabía si debía llorar o reír. Estaban vivos, conmigo… después de todo lo que había pasado. No podía creerlo, pero era verdad, ellos estaban aquí, y sabia en el fondo de mi corazón que no volvería a apartarme de ellos.
Me acerqué despacio a la