112: La quietud antes de la tormenta.
Los días siguientes fueron… extrañamente normales.
Por primera vez en meses, me levantaba sin miedo a un grito, sin temblar al escuchar pasos pesados acercándose. La luz entraba por las cortinas, suave, cálida, y mis hijos respiraban con ese sonido apacible que curaba cualquier herida. Me quedaba un buen rato observándolos, convencida de que, si parpadeaba demasiado tiempo, desaparecerían.
La mansión de los Salvatore era un monstruo silencioso. Gigante, elegante y fría. Pero dentro de mi habita