Él aceptó la invitación con lentitud, deslizando la tela hacia arriba, asegurándose de que cada centímetro revelado viniera acompañado del contacto firme de sus manos.
Cuando el vestido pasó por la cabeza de ella, Dorian lo arrojó a un lado sin siquiera mirar dónde caía.
Ahora el “uniforme nuevo” que él le había dado quedaba a la vista. La sonrisa que se dibujó en su rostro fue oscura y satisfecha.
—Buena chica.
El elogio, susurrado en un tono bajo y grave, hizo que Francine se estremeciera. An