El avión comenzó a perder altitud suavemente y, por las amplias ventanas de primera clase, Dorian pudo ver París apareciendo enmarcada por la mañana nublada.
Sus ojos se fijaron en algún punto distante, como si pudieran adivinar dónde estaba Francine en ese instante.
La idea de estar tan cerca y aun así tan lejos le oprimió el pecho.
El aterrizaje fue rápido, pero la espera en el área del aeropuerto le recordó que, para ciertas cosas, el tiempo parecía arrastrarse.
Mientras esperaba el taxi, el