Natan cerró el dossier con una sonrisa satisfecha y extendió la mano para despedirse del investigador.
—Hoy me ayudaste mucho —dijo, con la voz controlada, pero cargada de intención.
Mientras caminaba hacia el auto, ya estructuraba mentalmente los próximos pasos.
Ahora que sabía que Francine no era más que una empleada de confianza, todo cambiaba.
Podía vivir en una mansión, sí, pero no era dueña de nada allí; vivía bajo las reglas de otra persona, a merced de un salario que, por más “razonable