Francine despertó despacio, todavía sintiendo el cuerpo pesado y tibio por el posencuentro con Dorian.
Se estiró, soltando un suspiro perezoso, y recién entonces se obligó a salir de la cama. El piso frío bajo los pies descalzos la terminó de despertar, y caminó hasta el armario, abriendo las puertas con el automatismo de quien repetía ese gesto todos los días.
Extendió la mano hacia el uniforme… y se quedó paralizada.
El suyo, el oficial, estaba hecho pedazos. Literalmente. El recuerdo de la n