La ducha caliente hizo poco por relajar a Dorian.
Pero bastó para restaurar la fachada: la mirada fría, el andar preciso, el traje impecable incluso dentro de su propia casa.
En el comedor, todo seguía su ritual: mesa puesta, luz tenue, vajilla silenciosa.
Los empleados mantenían la misma distancia calculada que él siempre exigía.
Se sentó solo, como siempre.
No preguntó nada. No dio las gracias.
Simplemente levantó la servilleta con un movimiento mecánico y comenzó a comer, como si funcionara