El sonido del reloj de pared marcaba las siete.
El sol se filtraba por los pasillos de la mansión con la misma sobriedad que los muebles antiguos: luz fría, controlada, sin calor.
Dorian ajustaba los botones de la camisa mientras caminaba hacia la escalera.
El rostro serio, el cabello perfectamente peinado hacia atrás. La mente, como siempre en los últimos días, lejos de allí.
Al otro lado del pasillo, Francine aparecía con una pila de ropa de cama en los brazos, equilibrando sábanas y fundas c