Dorian entró en la oficina como un huracán con traje oscuro.
El calor de la ciudad, sumado al sabor amargo de su propio orgullo herido, parecía pegarse a su piel como pegamento.
—Buenas tardes, señor Dorian... —intentó decir la recepcionista, pero él ya había pasado de largo, con pasos duros y expresión de quien está listo para comprar una guerra.
Cassio, al otro lado del vidrio, vio la llegada de su amigo y ya supo que la tarde sería larga.
—Si le preguntas cualquier cosa, muerde —murmuró a la