Francine aún sostenía el celular en la mano, con los ojos fijos en la pantalla, como si aquel mensaje fuera una obra de arte expuesta solo para ella.
La sonrisa tímida se transformó en una risita contenida, de esas que se escapan sin pedir permiso.
—¿Qué pasó? —preguntó Adele, curiosa, acomodándose el bolso en el hombro.
Francine giró el celular discretamente hacia ella, mostrándole el mensaje de Lohan.
—Me invitó a ir al Louvre mañana… ¿puedes creer que todavía no he ido desde que llegué?
Los ojos de Adele se abrieron de par en par, con una expresión a medio camino entre la sorpresa y la incredulidad.
—¿Quoi?! ¿Cómo que no? ¡El Louvre es parada obligatoria! No puedes decir que estuviste en París sin haber pasado por allí.
Francine rió, un poco avergonzada.
—Lo sé… tengo una deuda pendiente con la ciudad.
—¡Entonces está decidido! —decretó Adele, entusiasmada—. Vas a ir.
—Sí, pero… ¿qué me voy a poner? —preguntó con un dramatismo suave—. No quiero aparecer en el Louvre pareciendo una