Francine despertó despacio, con la luz del sábado entrando suave por la ventana.
Aún acostada, estiró el brazo para tomar el celular de la mesita de noche.
El corazón se le aceleró cuando la pantalla se encendió: el saldo de la cuenta aparecía allí, confirmando que no había sido un sueño.
El dinero que Dorian le había enviado seguía intacto, brillando como una tentación… y también como una pregunta sin respuesta.
“¿Por qué haría esto…?”, pensó, mordiéndose el labio inferior.
Era dinero suficien