Francine despertó despacio, con la luz del sábado entrando suave por la ventana.
Aún acostada, estiró el brazo para tomar el celular de la mesita de noche.
El corazón se le aceleró cuando la pantalla se encendió: el saldo de la cuenta aparecía allí, confirmando que no había sido un sueño.
El dinero que Dorian le había enviado seguía intacto, brillando como una tentación… y también como una pregunta sin respuesta.
“¿Por qué haría esto…?”, pensó, mordiéndose el labio inferior.
Era dinero suficiente para mantenerse durante meses, pero el gesto pesaba más que cualquier cifra.
Cada vez que miraba el extracto, sentía su presencia un poco más cerca, como si Dorian intentara cruzar la distancia a base de números.
Suspiró hondo y, tratando de apartar el nudo en la garganta, se levantó.
Mientras desayunaba con Adele, comentó de manera casi despreocupada:
—Adele, ¿conoces algún salón bueno por aquí? El lunes tengo esa selección de la agencia y quiero estar impecable.
Adele alzó la mirada y una s