Pablo nunca hablaba de Cuba, no del todo. Decía que allá se aprendía a resistir con la boca cerrada y el corazón abierto, pero más allá de eso, dejaba el resto en silencio. Hasta que una noche, solo, sentado frente a la pantalla en blanco de su portátil, con una botella de ron Mulata a medio terminar, los recuerdos lo arrastraron como una corriente sucia de agua estancada. Y ya no pudo frenarlos.
La Habana no era postal. Era sudor, humo y santo. Callejón con olor a fritanga y tambores lejanos q