El humo del cigarrillo se elevaba lento, dibujando formas quebradas contra la lámpara amarillenta del sótano. Pablo tenía los ojos clavados en la laptop apagada, pero en realidad no veía nada. La guarida olía a encierro, a hierro oxidado y a una soledad que crujía en cada silencio.
En un gesto automático, tanteó la vieja estantería del rincón. Apenas unos libros maltrechos, huérfanos de lector desde hacía años. Tomó uno al azar, quizá por aburrimiento o porque necesitaba escapar de sí mismo. Lo