La lluvia golpeaba el asfalto como metralla. En el subsuelo del antiguo edificio de correos, escondido entre sótanos de concreto y laberintos olvidados, Pablo ajustaba los últimos engranajes de una maquinaria invisible que llevaba meses en construcción: el Proyecto Centinela.
Joaquín colocó sobre la mesa un maletín negro, forrado de plomo, con un candado digital.
—Acceso biométrico. Solo tú puedes abrirlo.
Pablo lo hizo sin decir palabra. Dentro, algunos sobres manila, cada uno con un nombre es