El olor a pan tostado fue lo primero que Marcelito reconoció al abrir los ojos. No el sonido de los pájaros, ni el murmullo de la cafetera, ni siquiera la luz filtrándose entre las cortinas. El pan. Siempre el pan. Era su señal de que Doña Ana seguía allí. Que todo, al menos por la mañana, estaba en su sitio.
Se sentó en la cama despacio, con los pies colgando. Llevaba el pijama de dinosaurios que ella le había cosido el año anterior, con parches en las rodillas y una etiqueta que decía «Valien