La noche no se había ido del todo cuando Julia llegó antes de la hora habitual a la oficina. Llevaba los hombros encogidos y el corazón embotado, como si su cuerpo supiera que algo —más allá de la razón— estaba desmoronándose. La imagen seguía flotando en su cabeza: ella en el balcón, expuesta, vigilada, vulnerada.
Apenas cruzó la puerta, Pablo se levantó de su escritorio, visiblemente alterado. No había dormido. Sus ojos hinchados y su camisa arrugada lo delataban.
—Julia —dijo, al verla.
Ella