Álvaro llegó tarde a la oficina aquella mañana. No por falta de puntualidad, sino por una extraña sensación de mareo que lo obligó a detenerse más de una vez en el camino. No se lo comentó a nadie. Estaba cansado de parecer vulnerable.
Desde hacía semanas, sentía que algo no cuadraba. Las cuentas. Los silencios. Las miradas entre los socios. Como si una fuerza invisible estuviera empujando las estructuras desde adentro, con la intención de hacerlas colapsar.
Y entonces, sucedió.
La jugada de An