La madrugada se filtraba apenas por las rendijas de la persiana, desdibujando la línea entre la noche y el alba. Julia, aún desnuda entre las sábanas revueltas, descansaba sobre el pecho tibio de Pablo. Su respiración acompasada era una melodía antigua, algo que su cuerpo reconocía sin haberlo vivido antes. Todo en esa escena parecía flotar, como si el tiempo se hubiera detenido en un parpadeo de eternidad.
Y en ese soplo de quietud, Julia se quedó dormida.
Fue un sueño, o quizás algo más.
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